Cuando dejamos de escuchar, el mundo sigue hablando
- J CanoNieto
- hace 2 días
- 2 min de lectura
Actualizado: hace 16 horas

Como todas las mañanas, hoy salí a caminar con mis perros, pero esta vez olvidé mis audífonos.
Cuando los llevo, suelo escuchar las noticias, me adelanto en chismes con mi familia y amigas enviando alguna nota de voz, o me pierdo escuchando algún podcast. Sin embargo, este pequeño accidente me recordó algo que llevaba mucho tiempo olvidando: el mundo sigue hablando cuando dejamos de escuchar otras cosas.
Y no lo noté sino en el instante en el que en el parque vi a una pareja, con sus atuendos de corredores asiduos, que pasaron a toda prisa por mi lado como preparándose para la maratón de Berlín y un chico en bicicleta, con traje de vestir y una mochila en la espalda, pedaleando con la velocidad de alguien que llega tarde a algún lugar. Todos llevaban audífonos.
En ese segundo escuché a un par de pájaros que parecían estar echando chisme sobre la pareja que acababa de ver. Levanté la mirada para buscarlos entre los árboles. No los encontré, pero justo en ese momento pasó una brisa que hizo que las hojas de los árboles se movieran como saludándome.
Esa misma brisa trajo consigo un olor parecido a jazmín que traté de seguir con mi nariz, como lo hacen mis cachorros cuando descubren un olor interesante, hasta que me distrajo el sonido del agua de un riachuelo que usualmente pasa desapercibido. Continué caminando junto a él.
Uno de mis perros se lanzó a refrescarse y yo hice una pequeña totuma con mis manos para darle agua al otro. Sentí el agua fresca en mis palmas y su lengua rozándome mientras bebía. Un momento diminuto que probablemente habría pasado desapercibido si mi atención hubiera estado en otra parte.
Y entonces me percaté de que el parque no era distinto al parque que visito todos los días. Los pájaros siempre están ahí, así como el riachuelo. El olor de las flores, siempre que no sea invierno, también. Lo único que había cambiado era mi atención.
Y al cambiar mi atención, fue como si mis sentidos hubieran estado esperando pacientemente este momento para recordarme que nunca me había desconectado del mundo; simplemente había dejado de escucharlo.
Y mientras caminaba me di cuenta de algo más, no sólo estaba viendo más. También me estaba sintiendo diferente. Mi respiración se había vuelto más profunda, mi cuerpo más tranquilo y mi mente menos ocupada buscando lo siguiente que escuchar, responder o pensar.
Quizás por eso es que meditamos: no para escapar del mundo sino para volver a habitarlo.
Comentarios